¿Qué se esconde “Bajo el Panteón de París”?

Muchos habéis preguntado por qué decidí llamar al blog “Bajo el Panteón de París” y qué historia encierra este nombre.

Bien, antes de desvelaros qué se esconde bajo el Panteón de París -esta vez sin mayúscula-, quería volver a agradecer todos el apoyo que he recibido en esta pequeña (¿o gran?) aventura. La realidad es que, a día de hoy, conseguir hacerse un hueco en la red es verdaderamente complicado. Aun así, gracias a todas esas formas de aportar vuestro granito de arena, pues somos cada día más los que intentamos encontrar respuestas. Cierto es que, cuando uno decide emprender mas cuando de forma altruista se trata, en este mundillo literario-periodístico-divulgativo (no sabría muy bien definirlo) y no eres capaz de conectar con esta gran comunidad, tienes los días contados. Son vuestras lecturas las que nos hacen invertir nuestra energía en hacer lo que más nos gusta: escribir y tratar de aprender juntos; también informar. ¡Ojo! Sin creeros nada. Nunca.

Haciendo hincapié en el célebre Jean Jacques Rousseau y su cita “La juventud es el tiempo de estudiar la sabiduría, así como la vejez es el tiempo de practicarla” diré en mi defensa que -aún- soy joven y me queda mucho por aprender. Pido, por tanto, paciencia si cometo algunos errores en mis artículos, sobre todo en los que doy mi opinión. Espero, a pesar de todo, que sigáis disfrutando tanto como yo de “Bajo el Panteón de París”.

Pero… ¿Qué se esconde Bajo el Panteón de París?

Pues lo que verdaderamente se esconde bajo el Panteón de París son los restos del mencionado Jean Jacques Rousseau, polímata franco-helvético que influyó sobremanera en las ideas que germinaron la Revolución Francesa. Por polimatía se entiende “la sabiduría que abarca conocimientos diversos”, pues éste fue escritor, filósofo, músico e incluso botánico y naturista. Autor de “El contrato social” y “Emilio”, entre otras grandes obras, se le atribuye el término de “voluntad general”, por el que apela al pueblo como soberano. Nació en Ginebra, Suiza, el 28 de junio de 1712 y falleció en Ermenonville, Francia, el 2 de julio de 1778.

No quiero extenderme mucho más, pues será sin duda un gran protagonista en la sección “Y cito textualmente…”, explicaré brevemente las ideas que este romántico dejó.

En su modelo político, Rousseau atribuye al pueblo la función de soberano. A este término no le asigna características que designan a una sola clase o nación, sino la representación de una comunidad de los que desean formar un Estado y vivir bajo las mismas leyes que son la expresión de la voluntad general.

Rousseau plantea, en “El contrato social”, que la comunidad así concebida voluntariamente por los hombres debe ser “capaz de defender y proteger, con toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada uno de los asociados, pero de modo tal que, cada uno de éstos, en unión con todos, sólo obedezca a sí mismo, y quede tan libre como antes”. Resume muy bien los esfuerzos de su obra por hacer ver que estableciendo un ente (el Estado), al que ceder la soberanía -que de por sí- reside en el pueblo, sería absurdo poder pensar que se pudiese volver ante los intereses de la “voluntad general”.

No se alinea con ninguna de las organizaciones políticas, por entonces la monarquía o la aristocracia, pero sí que se posiciona en favor de la República, pues en ella las leyes están desarrolladas conforme al orden social, establecido por la naturaleza del pacto social y no por las convenciones humanas de un sólo individuo. Como veis, en esta idea reside potencialmente la idea de democracia. (Rousseau la concebía como un gobierno directo del pueblo. El sistema que defendía se basaba en que todos los ciudadanos, libres e iguales, pudieran concurrir a manifestar su voluntad para llegar a un acuerdo común, a un contrato social: “toda ley que el pueblo no ratifica, es nula y no es ley», explica, «la soberanía no puede ser representada por la misma razón que no puede ser enajenada»).

Esta asociación, que supone el reino de la ley común, obedece por tanto a que el individuo, al entregarse al pacto social, se obedece a sí mismo, ya que las leyes, que se fundamentan en la ya explicada voluntad general, convierten a este mismo ciudadano (a partir de ahora) en legislador, al deliberar públicamente en la creación de las reglas, y, a su vez, en súbdito, al someterse libremente a la obediencia de las mismas. ¡¡Booom!!

¿Qué mejor forma que homenajear al creador de estas ideas?

Feliz paseo.

 

¿Quieres saber más? Resulta que debajo del Panteón de París también se encuentran los restos de Voltaire, uno de los mayores opositores a las ideas de Rousseau, al que incluso le atribuyen el demérito de apartarle de la vida pública durante su intermitente exilio, pues dijo de él cosas tales como “que se valía de la sensiblería y la hipocresía”.

 

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